lunes, 17 de diciembre de 2012

世界終末のダンス

"Sekai shūmatsu no dansu", el baile del fin del mundo.

Cada cierto tiempo, el ser humano necesita creer en un Juicio Final, necesita ver en la infinita línea del horizonte una frontera sólida, una barrera al tiempo, y si incluye destrucción y fuego, mejor que mejor.

Como superviviente al efecto 2000, la verdad es que me encuentro muy tranquila respecto al final de nuestra raza, además, es muy considerado por parte del Demiurgo Aniquilador concedernos este día tan especial en un viernes por la noche. 
Si el final sobreviniese verdaderamente, sin duda me pillará...festejando.

Todo el mundo es capaz de sentir ese "algo" mágico que tiene la música, ese poder del ritmo, que nos hace tatarear una melodía sin ser conscientes de ello, que nos lleva a buscar armonías en los sonidos circundantes, que nos crea la necesidad de seguirlo con el pie, la mano, o todo el cuerpo. Que nos recuerda la luz, o nos sumerge aún más en nuestros laberintos. Que nos permite tender puentes a lo largo de todas las culturas, continentes, civilizaciones y sociedades.

Porque antes que el verbo, fue la música, presente desde el primer sonido del primer átomo uniéndose, de la primera célula dividiéndose. Y el lenguaje es también eso, música: tono y timbre, uniones y silencios, síncopas (y contratiempos...muchos contratiempos..). Si no preguntad a los poetas.
Pobres teóricos y lingüistas que tanto se afanaron en la búsqueda de un lenguaje universal, sin darse cuenta de que lo tenían a la vuelta de la esquina, del dial de la radio, del vinilo lleno de polvo sobre el tocadiscos, demasiado ocupados con sus estudios e investigaciones para sentarse a escucharlo...

Hace poco, he sabido de una bonita historia de la mitología japonesa. Es la que trata sobre los dioses que crearon las islas del Japón: Amateratsu, Sussano y Tsukuyomi. Estos eran tres hermanos, hijos de Izanagi, (uno de los dioses primigenios de la mitología shintoista). El buen padre  decidió dividir el mundo entre sus tres hijos, otorgándole a Amateratsu el cielo y el sol, a Sussano los océanos, y a Tsukuyomi la luna y la noche.
Pero Sussano, que se creía más poderoso y listo que su hermana Amaterasu, no paraba de molestarla (parece ser que el buen Tsukuyomi no tenía ningún problema, y pasaba de la continua riña de sus hermanos...). Entre otras cosas, el envidioso Sussano se dedicaba a anegar los campos de arroz de su hermana, o a tirar excrementos al palacio y templo de ésta.
Llegó un momento en el que a la diosa se le agotó la paciencia, y se recluyó en una cueva para escapar de su molesto hermano. Y el mundo sin Amateratsu, "la gloriosa diosa que brilla en el cielo", se sumió en una noche perpetua, los animales y plantas morían, y los demás kamis , temerosos del fin del mundo, se reunieron y planearon como hacer que la enojada hermana volviera a salir.
Así pues, organizaron una gran fiesta a la puerta de la cueva y colocaron también un gran espejo delante de ésta.
Los más de ocho mil kamis bebían, cantaban y tocaban instrumentos, e incluso la voluptuosa Ama no Uzume, la diosa de la danza, ejecutó un baile erótico para sus compañeros, provocando de esta manera una algarabía de palmas, gritos y silbidos. 
Escuchando la tremenda juerga que a su lado acontecía, la curiosa Amateratsu salió de la cueva, y entonces, gracias al espejo que allí habían colocado, se vio por primera vez, en toda su radiante y resplandeciente persona, dándose cuenta de lo poderosa que era y olvidándose de las tonterías de su hermano Sussano. ( Yo supongo que además, después se uniría la fiesta...)
El mundo volvió a brillar, y sus hijos se acabaron convirtiendo en los emperadores del Japón.

Si la fiesta sirvió alguna vez para salvar el mundo, ¿por qué no dos?, como decía Niezsche: "Yo sólo creería en un Dios que supiera bailar" , y yo añado : "y que amara la música". 
Por eso, si llega el fin del mundo, que nos pille bailando.