jueves, 21 de febrero de 2013

Amarillo

No entiendo por qué he vuelto a ese recuerdo, ahora, a millones  de kilómetros y vidas.
Pero yo estaba desnuda, tumbada sobre una rueda-flotador en un pequeño charco que la marea formaba entre las rocas.
En ese instante ya no me extrañaba mi cuerpo. Es raro esto, que en algún momento se sienta lo contrario, pero sucede. Nos escondemos tanto de las miradas ajenas que nos olvidamos de la nuestra propia.
Recuerdo el contraste, calor y frío. El agua que sentía en mis torso y mis pies, jugando a hacer agujeros en la arena blanda. Un agujero que antes de serlo ya estaba abocado a desaparecer, mi lucha perdida contra el mar.

Éramos tres, pero éramos por separado. A veces compartíamos algo de nuestro tiempo, intercambiábamos pequeñas palabras, pero sólo por hábito. Estábamos solas.
La playa no era más que algo de arena a la sombra de un gran acantilado, y en medio de ella, un oxidado y absurdo tractor semienterrado.  La energía de las cosas sin sentido, que era absorbida por la arena, y por nuestros cuerpos.
Recuerdo varias chanclas del pie izquierdo repartidas allí y allá. Regalos del mar. Una pelota y una sombrilla abandonadas que aceptamos con alegría.
Las olas rompían con fuerza y no me atrevía a avanzar. Además el roce de las algas nunca me gustó. Siempre preferí el río, con su agua sencilla, sin aditivos que dejen la piel pringosa y los labios salados.
He olvidado el color de la rueda, la pelota, las rocas, el mar o el acantilado. Es un recuerdo enteramente amarillo.
También las estrellas. La arena ya fría y un cielo inmenso en el que caíamos sin poderlo evitar. El ruido blanco del mar y las sombras que surgen de él.

Me acuerdo que fue entonces cuando pensé algo importante, algo entonces importante. Lo olvidé.
Pero me queda todo lo demás, y aunque no sea  sólo mío, me otorgo el derecho de dejarlo aquí, y de acariciarlo.

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