miércoles, 11 de diciembre de 2013

Regalo de navidad

Ahora sé perfectamente que no sé nada de la vida.

Es cierto que conseguí hacer unos pocos amigos, conocer algunas ciudades y memorizar tres o cuatro horarios de autobús. Dicho esto, también reconozco mi fracaso con los números de teléfono, fechas, presupuestos cotidianos y demás dígitos, pero es que los números nunca me dieron demasiada confianza. La confianza, ese otro campo pendiente. Lo intento, lo juro.

No obstante, no debo tener ni idea de nada porque ahora mismo me encuentro desconcertada. Y es un sentimiento de mierda, o triste, si son ustedes de esos a los que les ofenden los términos. Cuestiones ajenas al lenguaje, en todo caso, él debiera ser el ofendido...
El hecho es que, si en algún momento no hubiera creído (como una imbécil, ilusa, feliz persona) que sabía algo realmente, el sentimiento ahora sería de sorpresa, un matiz mucho más positivo. Para que quede claro de lo que estamos hablando, es la diferencia exacta que hay entre abrir un enorme regalo envuelto en papel de mariquitas (no de esos feos de centro comercial vestidos con raya diplomática), y que esté vacío, o esté lleno.

Y lo peor de todo es, ¿qué hacer con una caja tan grande y tan vacía? ¿qué hacer con ese precioso estampado de mariquitas? Decía Cortázar que cuando te regalan un reloj, te regalan un pequeño infierno al que dar cuerda y cuidar de que sigan su tic y su tac. Yo, ahora, tengo una enorme caja que llenar y no sé con qué, porque no sé qué es la vida, y por consiguiente, de qué deben rellenarse los regalos vacíos con un precioso estampado de mariquitas.

De momento, he resuelto meterme en ella, ser ese vacío, sentirlo dentro y así, quien sabe, llegar a saber en qué quiere convertirse cuando le apetezca dejar de ser nada, y empezar a ser algo.