viernes, 6 de febrero de 2015

Conciencia

Lo último que recordaba era aquel paseo por el bosque  una mañana negruzca. Había salido poco después del amanecer en busca de algo de fruta para el desayuno. Se dirigía a un claro donde sabía encontraría aquellas moras que tanto le gustaban a Xiǎo , su hijo menor. El pequeño se había peleado la noche anterior con su hermano mayor Dào, y su madre les había mandado a la cama sin cenar. Aunque revoltosos, eran unos buenos chicos, y quería llevarles algo dulce para compensar la regañina.
Los pájaros chillaban nerviosos en las copas de los árboles, seguramente se trataba de la inminente tormenta que las nubes anunciaban en el cielo. Pero era algo más, un extraño olor en el aire que no lograba identificar. Empezaba a ponerse él mismo nervioso. Un pálpito de miedo ancestral que le hizo detener su marcha en  mitad del camino. De repente, sintió un dolor agudo en el muslo, como la picadura de una abeja, y el mareo, la oscuridad, las voces, y finalmente el silencio del sueño.

Después, solo esta habitación gris. ¿Cuánto tiempo llevaba aquí? Es difícil saberlo cuando estás encerrado, sin poder ver el sol o la luz siguiendo su ciclo. La única forma de calcular el paso de los días era el número de veces que, a través de una pequeña trampilla, le introducían siempre el mismo plato con algo de comida. Un brebaje marrón bastante más parecido al barro con el que sus hijos jugaban que a verdaderos alimentos. Comía algo no por ganas, sino por espíritu de supervivencia, por aferrarse a la esperanza de salir de ahí, de volver a verlos.
La habitación no era demasiado grande a pesar de estar completamente vacía, iluminada por una luz amarillenta que solo se apagaba de vez en cuando. Lo único que rebajaba ese sentimiento de claustrofobia era un enorme espejo que se extendía a lo largo y ancho de uno de los laterales. Ningún mensaje, ningún símbolo, ninguna explicación de por qué estaba allí o qué era lo que esperaban de él. Nada. Solo su reflejo devolviéndole aquella mirada de desconcierto, buscándole un sentido a lo absurdo de su condición.

Y de repente, un día, ocurrió algo raro. Estaba recostado es una esquina, medio dormido, agotado por el calor y la angustia, cuando sintió un fuerte picor en la mejilla izquierda. Como la picadura de un insecto. Dio un manotazo pero no le pareció haber acertado, así que levantó la cabeza dispuesto a buscar al culpable, y entonces reparó en su cara, reflejada en el espejo.
 Allí, en el punto exacto donde sentía la quemazón, había aparecido una mancha roja de unos dos centímetros que parecía desplazarse ligeramente, temblando. Rascó la manchita y esta desapareció, pero a los pocos segundos volvió a aparecer. Rascaba y se iba para aparecer al momento en otro lado de su cara, una y otra vez. ¿Qué era aquella locura? Toda la rabia y el estrés acumulado explotaron en un momento, y se lanzó sobre el maldito espejo, golpeándolo, chillando y rompiendo a llorar con impotencia.

El extraño suceso se repitió muchas más veces. Siempre era lo mismo. La manchita roja que saltaba sobre su cara y su cuerpo. Al cabo de un tiempo empezaron a aparecer manchas de otros colores: verdes, amarillas, azules. Ya ni siquiera le dolía, no le molestaba. Su vida se había reducido a una rutina sin sentido en aquella prisión: hacía ejercicio, se quitaba los restos de comida de la barba, se peinaba el pelo sucio lo mejor que podía, vigilaba aquellas manchitas…El espejo centró toda su atención, como si buscara en su reflejo la certeza de que aún estaba vivo, de que no se había diluido en ese torbellino de pensamientos solitarios que era su cabeza. No quería pensar en su mujer, no quería pensar en sus hijos, no podía…
Aquel espejo era lo único que le impedía caer en el dulce sueño de la locura, y de la muerte. Se miró de nuevo. Le pareció haber envejecido 100 años, quizá hubiera envejecido 100 años. Sus ojos profundos recorrieron aquella imagen que le devolvía una cara triste y un cuerpo sucio y cansado. Pensó:

“Yo, que fui el hijo más fuerte de mi madre. Que nunca tuve miedo, ni dudé en los pasos de mi vida.  Que siempre me porté bien con los míos, con los dioses, con la naturaleza…Yo… ¡Descendiente de los hijos del mismísimo Sun Wukong! Ahora estoy condenado a morir aquí, sólo, entre mis propios excrementos, sin saber siquiera la razón de este castigo. 
Es injusto. Es cruel. ¿Por qué?.”

Epílogo 

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