viernes, 9 de diciembre de 2022

REFUGIO

 Mi refugio de otoño

no es mucho más cálido

ni mucho más cómodo

ni protege más


La realidad es muy frágil

se me caen

las palabras de la boca

intentando nombrar lo perenne


Se me acumula la lluvia

dentro de este cuerpo

ya encharcado de estaciones

ya sembrado de heridas.


Que soy una mujer árbol

podré darme sombra

podré parar el rayo

podré para mí misma 

crecerme en refugio.

jueves, 18 de noviembre de 2021

PARA NADIE

 "¿Hace ruido un árbol al caer

si nadie está ahí para escucharlo?"



PARA NADIE 


Estoy sola en mitad de este bosque

y en mis manos guardo

un pájaro,

que exhibe sus colores

que a veces canta

para mí. 

No lo veis, pero está ahí. 


Cuando sucede

—a pesar del amor sucede—

que la voz no sale

para cantar,

que tiembla la mano

que dibuja,

que falta la energía para andar

el indefenso camino del arte. 

No lo veis, pero ahí está. 


Si no sé decidir

si soy poeta o humana enferma,

y cuál de las dos tiene cura

—si la hay—

y con cuál de las dos

mejor me perdonais. 


Si sucede que

me he derrumbado

en mitad de este silencio

portando una minúscula

canción en las manos.


Carmen Jubete

viernes, 23 de julio de 2021

FUGACES


FUGACES

Cómo es posible que me duelan

los brazos y las piernas

y no de caminar

ni de abrazar.

Tan solo inútil dolor que duele. 


Cuánto aire necesita un cuerpo

que no le llega con lo que en bosque

forma la palabra "bosque,"

con la montaña que rebota verano

y río y tiempo de infancia y de hormiga. 


Como hormigas nos movimos en el mundo

portando semillas de ideas en la cabeza,

queríamos crecer

queríamos crear 

creíamos ser buenos

o al menos mejores. 


No hablo yo que habla la tierra,

hoy tiene una mancha

una flor aplastada

una gigante cicatriz de roca

y una luna que observa callada

todo lo que se ha ido. 


El cielo proyecta  un horizonte

de pasados remotos,

los vórtices de la felicidad

justamente donde nadie existe

pero somos,


pura energía

pidiendo deseos

a las fugaces
                     vidas
                               que
                                      pasan.


viernes, 19 de marzo de 2021

Última luz

 ÚLTIMA LUZ 


Junto al helado cristal

los seres del atardecer chillan

se revuelven girando en las últimas luces

sienten la muerte del día

como una oportunidad. 

Decidme el secreto. 


Ahora soy yo

el pájaro de la compasión,

mira el cielo

mira su oscura noche

un ala rota o la nada

con cuál se empuña mejor

la mentira de volar

sobre qué espejismo de sueño

planea. 


No sé qué ángel ciego

anda dando puntadas 

a esta frazada remendada de heridas

es todo lo que tengo

para protegerme del invierno,

un invierno feroz. 


Ni siquiera la mañana

que llega siempre

que llegará

la rutina del silencio 

deja un escape a la luz.

Ahora soy

un ser del atardecer,

no cavaré una tumba en el aire

la muerte es una oportunidad. 


Ya la noche 

devora como un animal salvaje

los últimos destellos

de mí,

flotando a la deriva

un cielo vacío.


Carmen Jubete




sábado, 27 de febrero de 2021

Teatro

 "Porque  no sé como se dice eso que no se dice" (David Efe)


TEATRO

Y el exilio es también el silencio.
En realidad podría encadenar
otras voces que no son la mía
hasta el infinito.

Evitar hablar, decir la palabra justa
con su aguda arista
de miedo y asco,
de inmenso vacío.

Es mejor vivir
con la careta de la inocencia
que el antifaz de la pena
o la sonrisa del arlequín.

En cualquier caso el espectáculo
tiene que acabar,
los payasos se lavan la cara
con agua fría y jabón
y después se miran a los ojos
de cristal templado.

Una a una se bajan las luces,
la música cesa
el público regresa
a sus propias comedias,
y el suelo no lo cubre ninguna flor.

Este será el último pase
por favor,
aplaudan antes de salir.

Carmen Jubete



jueves, 12 de noviembre de 2020

La conjura

LA CONJURA 

En esta vida
hay que actuar
como si fuéramos brujas:
crear
de los pensamientos
realidades,
y con las palabras lanzar
maldición o invocación
dependiendo de si es viernes,
de las fases de la luna,
el whatsapp de satanás,
o de según quede algo
de pócima mágica
y hielos
pa' arreglar la noche.

Carmen Jubete 


domingo, 9 de agosto de 2015

Tú no viste nada en Nagasaki


Es algo misteriosa la memoria de los lugares, lo que de ellos ha quedado en nosotros (lo que es, tal vez, una forma particular de decir "lo que de nosotros ha quedado en ellos") cuando irremediablemente se han transformado - y, con ellos, todo aquello que fuimos una vez- en pasado y distancia. ¿Por qué mi recuerdo de Nagasaki es una flor (una rosa, probablemente, pero ya no estoy seguro) insultantemente roja?

El rosal (creo que es un rosal) surge penosamente a través de la verja de un jardín y, de repente, la rosa se abre sobre la tarde. Lo demás no está claro: unos escalones cubiertos de hierba, un sendero de tierra batida, algunos árboles pequeños. Si me esfuerzo un poco en recordar, quizá también -pero ¿qué se yo?- una mujer que pasa.

No me guardé nada más, ni el día ni las circunstancias. Nagasaki, para mí, tantos años después, es aquella rosa. Debe haber, ciertamente, alguna razón; una razón que, sin embargo, nunca conoceré. "La rosa existe sin por qué", lo sé; "florece porque florece", lo sé. Pero, ¿no es también  verdad que ella, la rosa mística, la "rosa de nadie", florece sobre el abismo?

Tal vez, dentro de la memoria de Nagasaki, otra memoria, más honda, se recuerde para siempre, y no sea hoy posible caminar por las calles de Nagasaki sin  el sobresalto del abismo de esa memoria. Y tal vez sea tan honda y tan imperiosa que no pueda confinarse dentro de un museo de destrozos (un reloj de pared parado, la sombra de un cuerpo desmaterializado sobre una pared, la letra insegura de un niño en un cuaderno escolar deshecho) o dentro del recuerdo, vago ya, del horror.

La bomba que hace cincuenta años destruyó Nagasaki, estaba destinada a Kokura. Pero Kokura, estaba cubierta de nubes, y los bombarderos, de vuelta a la base, tuvieron que sobrevolar Nagasaki. Algún dios había también ocultado aquel día la ciudad bajo un cielo espeso. Pero, ya al límite de la autonomía de los aviones, un rayo de sol apareció de pronto entre las nubes, y el piloto, por un momento, atisbó abajo el gran complejo industrial de Mitsubishi. Soltó el infame fardo, y la tierra entera se rompió y se abrió como un corazón herido de muerte.

Hoy Nagasaki ha resucitado de las cenizas de hace cincuenta años. Los niños corren de nuevo por las calles, descuidados y ruidosos como los niños de cualquier ciudad del mundo. Lentamente, se levantaron las casas de tejados de colores, los edificios indiferentes de oficinas, las paredes de alquitrán de las fábricas; los comerciantes volvieron a abrir las puestas de sus tiendas; las terrazas se llenaron de gente y sombrillas; florecieron los melocotoneros y los cerezos. Y los jardines, los famosos jardines de Nagasaki, irrumpieron por todos lados y se llenaron nuevamente de monjes y de familias domingueras. 

¿Y la memoria? Preguntadle a Ryusei si lo ha olvidado, y os hablará del acorazado "Mar de pájaros" hundido, de sus ocho cañones de calibre 200 y de los cañones antiaéreos del 30, cubiertos de algas. Preguntadle a Yasuo y os dirá que "ciertos deseos humanos, como el hambre o la curiosidad, han desaparecido de aquí". Y Koichi os contará como se le incrustó el uranio en los dientes, y el plutonio en las fosas nasales, y el helio en los ojos, y cómo los vivos parecían saltamontes, "huyendo dando saltos por los campos devastados". 

Hoy, una parte de Nagasaki recuerda (¿y cómo no podría recordarse?), la otra olvida. Y las dos, como mitades de la misma alma, se buscan ávidamente, intentando reencontrar una frágil forma original. Tal vez la rosa de mi memoria sea esa forma.


MANUEL ANTÓNIO PINA, Cuadernos de Baluerna.