lunes, 25 de noviembre de 2013

寒い


Viene el frío como un niño de manos diminutas.

(Ana Baliñas)


Llega el frío y es algo que no debería sorprenderme. Año tras año el mismo juego, y sin embargo no puedo acostumbrarme, dejar de correr delante de ese crío como si hubiera posibilidad alguna de escapatoria. Como si finalmente no fuera a llegar, a alzarse sobre las puntas de los pies, y a posar su pequeña palma azul en la indefensa nariz, la mejilla siempre expuesta, el pecho, frágil de nacimientos (no hay error). Se acabó, tú la llevas, ahora te toca correr a ti. Y oyes su risa alejándose en esta mañana de finales de Noviembre.

Camino por la calle, y puesto que las personas se han transformado en abrigos, botas, bufandas y demás monstruos de armario, ya no me siento obligada a humanas etiquetas. Podría cruzar algún: "¡cuidado, lavar en seco!", o un ¡"no olvide echarles betún incoloro, amigo!" de forma totalmente legítima. Supone todo un alivio el poder comunicarse de forma útil.

Pese a todo, echo de menos mi carne (alguna más también), y me escondo bajo las sábanas, y me pongo triste de novela histórica, y me vuelvo egoísta de calor propio, y tomo chocolate caliente, así, sin alcohol ni nada. Pequeñas enfermedades de carácter temporal.

Y si tengo suerte, y llueve, o si el parque está helado, o si me quedan pocas horas para entregar un trabajo, hacer un examen, o cualquier otra circunstancia que me impida salir a perder el tiempo, entonces, quizás ENTONCES, pueda escribir algo que merezca la pena.


lunes, 18 de noviembre de 2013

ALMA MATER

La esfera es la forma más perfecta de la naturaleza. Lo dice la física, lo dicen las
matemáticas, y también lo dice mi madre.

Mi madre (y lo digo como cualidad inherente al supragénero de las madres) es perfecta.
Quizá sea esta circunstancia la que explica la general tendencia materna a la fisonomía
curva y redondeada que inevitablemente acaban adoptando.

Y es que la maternidad es una tarea circular. Un desasosiego recurrente por el estado,
ocupación y alimentación de los vástagos. Una necesidad de manifestar de forma
reiterativa los preceptos, mandatos y fórmulas magistrales que toda madre atesora para
sus hijos; fruto de generaciones y generaciones de orondas, sabias y angustiadas
matronas. Así por ejemplo, podemos encontrar los primeros rastros en las pinturas
rupestres, que constituyen uno de los más antiguos vestigios de comunicación maternal.
Un listado de actividades peligrosas y censurables que ningún pequeño neanderthal
debía realizar: correr con lanzas en la mano, nadar antes de hacer la digestión o jugar con
grandes mamíferos.

Pero si un silogismo podemos crear con todo esto, es el de la condición divina de las
madres. Mi madre es Dios. Y no es solo por la omnipresencia, tema ya muy manido, sino por dos hechos irrefutables. El milagro diario de los panes y los peces, que ejecutan cada
vez que un político (subgénero también peculiar...) pronuncia la palabra "crisis".
Y, sobre todo, por su cólera y su misericordia infinitas.