martes, 29 de enero de 2013

La Carne




La carne es algo necesario.
Nos recuerda la verdad del mundo
y nos protege de la verdad de nuestras entrañas.

Con ella lo medimos también.
Lo que está cerca
lo que no,
pues dentro todo guarda igual distancia.

Lejos de nosotros, siempre.

Es nuestra oficina,
nuestra memoria,
nuestro manual de instrucciones.

Entonces no entiendo por qué,
al salir de casa,
temprano,
con el frío y la rutina acuchillándote la mirada,
coges tu paraguas,
pero dejas tu carne,

colgajo detrás de la puerta.


-"¿A quién le puede importar que diga: Soñé contigo
                                                                               y soñé que eras el mar?"

                                                                                             (Abierto a todas horas, Alberti.)












sábado, 19 de enero de 2013

La nieve en Tokio


Hoy es un día soleado en Tokio y la nevada que hemos sufrido durante casi tres días empieza a desprenderse de su presa.
Casi puedo escuchar como toda la ciudad gotea.

No es muy normal que esto ocurra. No tan fuerte, según dicen los vecinos.
Uno de mis amigos chinos cree que la nieve en Tokio es un aviso de que el fin del mundo está en camino. De que las cosas no van como deben. Es su forma intuitiva de referirse al cambio climático, cuya magnitud desconoce.
La humanidad se enfrenta a un gran problema, bueno, a decir verdad por ahora solo se esconde. Pero somos como un perro con la cabeza metida bajo el sofá.  Llegará un momento en el que ni siquiera los gobiernos, maestros en el noble arte de ignorar, puedan hacerlo. Seguramente para entonces las cosas estarán muy mal.

Pero este no era el tema que quería tratar.


La nieve en Tokio.

Después de un día entero nevando, Tokio amaneció blanquísima y helada. Incluso el aparato de aire que hay en mi cuarto dejó de funcionar, colapsado el motor por la nieve que se había ido acumulando en el balconcillo.
Con la promesa de un café caliente como recompensa, emprendí el camino hacía el "kombini" de la calle de enfrente. Era casi imposible caminar y la nieve se me iba metiendo por las zapatillas. En la carretera ni siquiera pasaban los coches aún, y me sorprendió que, en vez de echar rápidamente sal para abrir sendas transitables en las aceras, los trabajadores municipales estaban quitando la nieve con grandes palas.Fue la única salida al exterior del día.

Al día siguiente, tenía que salir para ir a la universidad. Mucha de la nieve se había transformado, al ser compactada por los viandantes, en grandes bloques de hielo que los mismos hombres con las mismas palas rompían y acumulaban al borde de la carretera. Andar seguía siendo muy difícil y era extraño ver las calles libres de bicis, el medio de transporte preferido de los japoneses.

El tercer día, las calles fueron ocupadas por niños que aprovechaban cualquier sitio para modelar grandes muñecos de nieve ("yukidaruma"), que vigilaban las esquinas de los callejones y las puertas de las casas. Incluso pillé infraganti  a una niña que, sola, buscaba la nieve virgen que aún se conservaba como recién caída en algunos sitios del parque, para después, rápidamente, llevarse mínimas porciones a la boca, disfrutando de su pequeño, frío y secreto placer.

Cambia mucho la morfología de una ciudad después de una nevada. En Tokio, además, toda acera está atravesada de un camino de baldosas amarillas (como en el mago de Oz!), con tres bordes que sobresalen en su superficie. Hace poco me enteré de que estas baldosas eran para los ciegos, para indicarles el camino. Y en efecto, de diferentes formas marcan las bifurcaciones, los pasos de peatones o las entradas a las tiendas y locales. 
No pude evitar pensar que, para una persona invidente, es como si la nieve borrara el mundo. Como esa Nada que poco a poco se iba comiendo Fantasía.

Me despido con un clásico japonés:

Un día en que había mucha nieve en el suelo y hacía tanto frío que hubo que cerrar las celosías, yo y las otras damas estábamos sentadas con Su Majestad charlando y atizando las brasas. 
Dijo la Emperatriz: 
-Dime, Shonagon, ¿cómo es la nieve en la cumbre del Hsiang-Pu?. 
Dije a una criada que apartara una de las celosías completamente. 
Su Majestad sonrió.

                                       (El libro de la almohada, Sei Shonagon. Traducción de Borges y María Kodama.)
                                                                                                   





miércoles, 9 de enero de 2013

Hablemos de amor

Voy a confesaros algo: a veces busco de forma aleatoria algo que leer.
Navego por este mar binario en busca de palabras frescas y de oraciones recién hechas, esperando encontrar nuevos sabores y extrañas texturas. Pero lo único que consigo es cabrearme.
¿Es que solo se puede escribir algo auténtico si se habla de "amor"? Me da hasta vergüenza ver esta palabra aquí. ¿No es un poco absurdo pretender ser original desarrollando el tema más gastado de la historia? Evidentemente se puede, se hace y se valora. Pero no nacieron mil Nerudas. Si se quiere escribir algo diferente, algo valioso para las letras, otro tema, cualquier otro tema, sería suficiente para no hacer bostezar a las musas. Pobrecillas, la de basurilla que se les lanza...me las imagino cual pececillos atrapados en los plásticos de las latas de cerveza, retorciéndose y boqueando en un intento de zafarse de los lazos rosas que las asfixian poco a poco....no me gustaría estar en sus pellejos.

Como dice la frase que ya suena a tópico: la culpa de todo la tiene Disney. El amor reencarnado en esa princesita que da vueltas y vueltas en el salón de baile de la mano de su príncipe azul sin vomitar o marearse siquiera una mijina. Mi ateísmo romántico no es más que una punzada de incredulidad. Rechazo esa visión caramelizada del amor sólo porque me parece injusto para el resto de sentimientos (ligados o no), mucho más interesantes por otra parte. Luego pasa lo que pasa, que se quedan solos y se acaba el mundo...¡puede que ahora realmente empiece tu vida, inútil y dependiente corazón roto!
Llamadme insensible, o amargada. Reconozco que siempre me atrajeron más los encurtidos que los dulces.

Se debería escribir no "de", sino con sentimiento. Si amas algo, se reflejará en tus palabras. No hace falta decirlo directamente. La belleza escondida en las páginas de historia, en las programaciones de software, en las moléculas de hidrógeno y oxígeno, en los materiales de construcción o en los acordes de guitarra. Muchos me hablaron de ello sin siquiera saber que de lo que en realidad hablaban era de amor, de amor auténtico por algo. Este amor sí me parece fascinante.

Son personas que jamás estarán solas porque tienen una pasión en la vida, y porque además, las pasiones no pueden evitar ser compartidas. Si esto no es romanticismo, nada más puedo decir. Antes que "alguien", búscate "algo" que amar. 

La próxima os hablo de Japón ¿vale?...xD