domingo, 9 de junio de 2013

Domingo

4 p.m. de una tarde de domingo.
Hace mucho que dejé de intentar luchar contra un maldito dolor de cabeza que merezco
sin ninguna duda. Tiro horas de mi vida a la basura y en un inesperado acto de
arrepentimiento intento recuperárlas, sucias y arrugadas.

Un anciano de ojos menudos y lacrimosos bebe sake a sorbitos, sujetando con sus
sorprendentementes firmes manos el pequeño bote de cristal mientras contempla el
ajetreado bullir de Ikebukuro eki.

Alguien se dejó un paraguas en la parada de autobús y un diligente empleado municipal lo
envolvió en una bolsa trasparente con una pegatina que reza: "objeto perdido, si es su
dueño recójalo por favor."
Y allí permanece todavía, idéntico al incalculable número de paraguas que cuelgan a lo
largo de toda la ciudad de Tokyo.

En un barrio que podría ser cualquiera, dos enormes gatos echan la siesta a las puertas
de un pequeño templo. Son Fuijin y Raijin, dioses del viento y el trueno, pero no trabajan
hasta las 5.

Un hombre trajeado duerme en el vagón del tren. Doblado sobre sí mismo, su cabeza se
bambolea, negando en sueños a su vida sin tiempo.

En el parque de Yoyogi, un niño persigue pompas de jabón. Juega a explotar las burbujas
entre sus manitas mientras pide más una y otra vez a las muchachas de piel blanca y
maquillaje espeso que las están lanzando. Ellas también ríen, contagiadas de la alegría
infantil que parece no terminar nunca.
Finalmente su padre se acerca y se lo lleva, avergonzado. No quería molestar.

¿Y a mí?...a mí me basta una palabra como Akitsushima (秋津島) para engañarme hasta el
próximo Domingo.