lunes, 28 de diciembre de 2015

B/N


B/N
No me gustan las fotos en  blanco y negro. Despojar a la realidad de sus colores me parece algo muy triste, casi trágico. Pero un buen amigo me dijo que el color no hace más que cargar las imágenes de distracciones innecesarias, hacerlas pesadas, menos limpias. Y creo que lo entiendo. Creo que sé a que se refiere cuando habla de simplificar, de reducir, de concentrar. Hay quienes sostienen que el blanco y el negro no son siquiera colores, sino superposición o ausencia de luz, el principio y el final de todos esos cristales en los que se descompone su camino. Como un vaso de leche derramado a los pies fríos del invierno. Como una estación esperando su tren a última hora de la tarde. 

¿Qué marca un reloj si nadie lo mira?¿Hacia dónde van los trenes sin pasajeros? Todo se vuelve absurdo sin nosotros y el caso es que...empiezo a sospechar... que somos nosotros los irreales al depender de algo tan frágil como la vida. Preocupados por cosas tan insignificantes, amando cosas tan insignificantes. Sin darnos cuentas de que no somos necesarios en la foto. De que ésta siempre ha tratado de lo mismo. Siempre, del principio y del final de la luz.

martes, 15 de diciembre de 2015

Carta de Navidad

¡Cuidado!¡Quieren obligarnos a ser felices! si...si...todas las navidades la misma historia. Vienen con sus dulces, con sus canciones, con sus luces de colores y toooodos esos buenos deseos. ¡Atrás villancicos y garrapiñadas! no me gusta vuestro rollo, no sois transparentes, no me fío de qué va todo este asunto. ¿Quién decís que ha nacido? ¿Ahora los dioses quieren que les paguemos con dinero en metálico y tarjetas de crédito? Es el sacrificio humano más largo de la historia....y animal, vegetal, mineral....compra, consume, disfruta de tu cabeza hueca y ten muchas cosas para tener algo que hacer mientras llega la felicidad. Esperar es un suicidio premeditado. Tú y yo sabemos el final de todo esto, no te descubro NADA nuevo.

Ahora, que quede claro que si a vosotros os hace felices, yo como lo que tenga que comer, bebo lo que tenga que beber y  hago lo que tenga que hacer con un gorro de Papá Noel en la cabeza. Porque come, beber y hacer son cosas que me gustan mucho en cualquier época del año. Y si queréis que sean días especiales ¡hagámoslos especiales!, pero por favor, en nuestro nombre, no en el de la Navidad.

Por último, no olvidéis echar vuestra carta a los reyes magos en las urnas habilitadas para ello el 20D. Creo que este año va menos de si tú has sido buena, y más de si lo han sido o no "otros" y de si quieres que les den carbón. Yo recomiendo desearles toneladas y toneladas...que tienen las casas muy grandes y muy frías.

 Merry Christmas!メリークリスマス!Feliz Navidad!


martes, 1 de diciembre de 2015

Play ground

Un mapa del mundo
objeto casi mágico,
un imposible.
Qué facil es recorrer con el dedo los continentes,
recitar las capitales de memoria
jugando a saber.
Qué se esconde bajo todo ese azul o la flor violeta 
que brotó en el Himalaya esta misma mañana.
No hay escalas posibles.
Coloreando países como niños intentando no salirse de la línea.
Estúpidos como adultos leyendo el periódico y tomando café,
sumando números
(que no hay cosa más tonta),
moviendo
los tanques sobre el tablero.



martes, 1 de septiembre de 2015

La Deuda

Hoy voy a hablaros de una de esas palabras que no tienen traducción, esas que reflejan fielmente el carácter de la cultura donde surgen. Se trata de la palabra japonesa on.

Recibe múltiple traducciones: obligación, favor, gratitud, amor, lealtad...conceptos dispares que dejan claro que no acaba de encajar en esta 'nuestra' conciencia occidental del mundo. Antes de ahondar en el tema, os presento cómo se escribe su kanji:



La parte de abajo es el pictograma para "corazón" (kokoro 心), que es utilizado como parte de muchos otros kanjis, sobre todo en los referentes a sentimientos o emociones humanas. La parte de arriba simboliza una persona con los brazos y piernas estirados (que representa el concepto de "grande" en japonés), limitada por todos sus lados dentro de un cuadrado (cuadrado que en japonés representa de forma esquemática el concepto de "boca"). Esta parte superior conforma el ideograma de "causa, factor" (in 因).Tenemos pues causa y corazón, y tenemos un hombre enjaulado sobre este. Una imagen poética con la que podríamos dar por finalizada esta entrada. Pero no.

¿Qué significa realmente esta palabra? Ruth Benedict, en uno de los más famosos (y antiguos) estudios sociológicos sobre el pueblo japonés: El Crisantemo y la Espada, intenta explicar este concepto tan alejado de occidente. Para ello inserta la fábula de Hachiko, el famoso perro akita que, después de la muerte trágica de su amo, se pasó más de 10 años esperando su regreso a las puertas de la estación de Shibuya, en Tokio. Este perro tenía un on hacía su amo, una mezcla de amor y de obligación por corresponder al ser humano que lo crió, cuidó y alimentó desde cachorro.

En el mundo occidental estamos acostumbrados a concebir el amor como algo libre, algo que se entrega de forma desinteresada y que se recibe de igual manera. Por eso quizá nos cuesta comprender este on, que se materializa en la veneración de todo aquello que nos hace ser lo que somos en el presente, lo que nos ha ayudado a llegar hasta aquí. Nuestros antepasados, nuestros padres, nuestros maestros....hemos contraído una deuda con ellos, una deuda de gratitud. Cada uno tiene la obligación de intentar pagar esa deuda: criando a nuestros propios hijos, creciendo como personas, ayudando a los demás. Siendo solidarios.

Pero no solo se trata de personas, pues otro de los arquetipos de Japón es el respeto por la naturaleza. Son conscientes de que le debemos a ella todo lo que hemos conseguido, cada segundo de nuestra existencia. Y por ello, no preocuparnos por su cuidado, su respeto o su sostenibilidad, es una falta a nuestro on para con ella. On que compartimos todos los seres humanos y que parece que algunos olvidan.

Hoy en Europa, necesitamos más que nunca ser solidarios, ser respetuosos, ser agradecidos. Y devolver una parte de lo que nos han dado, cumplir con nuestra obligación como personas. Pues tal como dice un refrán japonés:
Nunca se devuelve ni la diezmilésima parte de un on.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Reunión de amigos


REUNIÓN DE AMIGOS

La científica cree que el amor
es pura química orgánica
que garantiza la supervivencia
de la especie,

fisiología.


El sociólogo dice que
surge de las convicciones
y cambia con el tiempo
y la cultura,

arquetipos.

El psicólogo afirma que
es una conducta aprehendida
de forma más o menos acertada
en nuestra infancia,

apego.

La ingeniera piensa en él
como un mecanismo biológico
parecido a un circuito básico
de corriente alterna,

oscilante.

La poeta exclama
que nadie entendió nada
mientras apura su copa de ginebra
se lleva las manos a la cabeza

y pide otra.

Carmen Jubete, Contrafuego.

domingo, 9 de agosto de 2015

Tú no viste nada en Nagasaki


Es algo misteriosa la memoria de los lugares, lo que de ellos ha quedado en nosotros (lo que es, tal vez, una forma particular de decir "lo que de nosotros ha quedado en ellos") cuando irremediablemente se han transformado - y, con ellos, todo aquello que fuimos una vez- en pasado y distancia. ¿Por qué mi recuerdo de Nagasaki es una flor (una rosa, probablemente, pero ya no estoy seguro) insultantemente roja?

El rosal (creo que es un rosal) surge penosamente a través de la verja de un jardín y, de repente, la rosa se abre sobre la tarde. Lo demás no está claro: unos escalones cubiertos de hierba, un sendero de tierra batida, algunos árboles pequeños. Si me esfuerzo un poco en recordar, quizá también -pero ¿qué se yo?- una mujer que pasa.

No me guardé nada más, ni el día ni las circunstancias. Nagasaki, para mí, tantos años después, es aquella rosa. Debe haber, ciertamente, alguna razón; una razón que, sin embargo, nunca conoceré. "La rosa existe sin por qué", lo sé; "florece porque florece", lo sé. Pero, ¿no es también  verdad que ella, la rosa mística, la "rosa de nadie", florece sobre el abismo?

Tal vez, dentro de la memoria de Nagasaki, otra memoria, más honda, se recuerde para siempre, y no sea hoy posible caminar por las calles de Nagasaki sin  el sobresalto del abismo de esa memoria. Y tal vez sea tan honda y tan imperiosa que no pueda confinarse dentro de un museo de destrozos (un reloj de pared parado, la sombra de un cuerpo desmaterializado sobre una pared, la letra insegura de un niño en un cuaderno escolar deshecho) o dentro del recuerdo, vago ya, del horror.

La bomba que hace cincuenta años destruyó Nagasaki, estaba destinada a Kokura. Pero Kokura, estaba cubierta de nubes, y los bombarderos, de vuelta a la base, tuvieron que sobrevolar Nagasaki. Algún dios había también ocultado aquel día la ciudad bajo un cielo espeso. Pero, ya al límite de la autonomía de los aviones, un rayo de sol apareció de pronto entre las nubes, y el piloto, por un momento, atisbó abajo el gran complejo industrial de Mitsubishi. Soltó el infame fardo, y la tierra entera se rompió y se abrió como un corazón herido de muerte.

Hoy Nagasaki ha resucitado de las cenizas de hace cincuenta años. Los niños corren de nuevo por las calles, descuidados y ruidosos como los niños de cualquier ciudad del mundo. Lentamente, se levantaron las casas de tejados de colores, los edificios indiferentes de oficinas, las paredes de alquitrán de las fábricas; los comerciantes volvieron a abrir las puestas de sus tiendas; las terrazas se llenaron de gente y sombrillas; florecieron los melocotoneros y los cerezos. Y los jardines, los famosos jardines de Nagasaki, irrumpieron por todos lados y se llenaron nuevamente de monjes y de familias domingueras. 

¿Y la memoria? Preguntadle a Ryusei si lo ha olvidado, y os hablará del acorazado "Mar de pájaros" hundido, de sus ocho cañones de calibre 200 y de los cañones antiaéreos del 30, cubiertos de algas. Preguntadle a Yasuo y os dirá que "ciertos deseos humanos, como el hambre o la curiosidad, han desaparecido de aquí". Y Koichi os contará como se le incrustó el uranio en los dientes, y el plutonio en las fosas nasales, y el helio en los ojos, y cómo los vivos parecían saltamontes, "huyendo dando saltos por los campos devastados". 

Hoy, una parte de Nagasaki recuerda (¿y cómo no podría recordarse?), la otra olvida. Y las dos, como mitades de la misma alma, se buscan ávidamente, intentando reencontrar una frágil forma original. Tal vez la rosa de mi memoria sea esa forma.


MANUEL ANTÓNIO PINA, Cuadernos de Baluerna.


viernes, 31 de julio de 2015

Libremercado

Me encantaría poder escribir grandes parrafadas intelectuales, cuentos de ficción y poesía revolucionaria.
Pero en este mundo de la alta cocina, a lo que realmente aspiro es a ser unos macarrones con tomate de piso de estudiante a las 6 de la mañana.
Esto es: que llegues cieguísimo a casa, me leas porque en ese estado no seas capaz de cosas más complejas, y por lo menos te quite las nauseas de(l) mañana.

Borrachos, drogadictos, poetas ¿No son absurdamente selectivos?
Tienen claro lo que exigir a las palabras: una memoria, un sentido, una tregua.
El yonki de mi barrio declama mejor que el presidente del gobierno.
Y es injusto que él no pueda vivir de ello.
También.

Yo podría simplemente callarme. No escribir absolutamente nada más.
Pero miro sus ojitos tristes, su miedo, sus sonrisas nerviosas de niños perdidos en el supermercado.
Y tengo que seguir diciendo mierda. Es mi puñetero target.
Oferta y demanda a altas horas de la madrugada.

Microproyectos condenados al fracaso. Pero tan tiernos, tan rotos, tan equivocados.

Cómo no les voy a querer.

miércoles, 8 de julio de 2015

Grados

Sueño con la lluvia, 
y amanezco encharcada.
Hace tanto calor.

Miro el calendario
como quien recibe una postal.
Hace calor hasta para apenarse de los números.

Hace un calor poco democrático,
y es posible que beber hoy, 
sí sea la solución.

Viajar solo tiene sentido
si no se vuelve del todo,
o si se sigue buscando,
o si te estrellas.

Pero qué te voy a decir yo
con este calor.














martes, 2 de junio de 2015

La caída de Nínive

Nuestras vidas se derrumban a distintos tempos.
Si miras atrás podrás ver Nimrod carbonizada
y Nínive terminó de ser polvo poco después
por el mismo dios, con distinta boca.

La Historia tiene esa capacidad absurda
de dar continuidad y sentido
a lo que únicamente
es aire,
es aliento,
es grito
y ya no es.

Atlas de la estupidez humana.

Si crees en un dios imperfecto,
entonces crees en ti.
Si no deseas la materia,
no te deseas.

¿Piensas que estamos hechos
de energía primigenia?
¿Del primer pensamiento?
¿Del calor de un niño Sol?

A las ruinas, no las salvará su pasado.
Pero tampoco les dolerá su futuro.

miércoles, 8 de abril de 2015

Conversación

Qué o Por qué son palabras laberinto.
Por sí solas no significan nada, están huecas, repletas de estancias pasadas y futuras,
corredores que se comunican, muros de lógica azules y trampillas verdes que se desplazan solo si sabes donde empujar. O te apoyas en ellas por un descuido.

 Eliges mal.

Vienes a mí en mi luna llena: en mis días rebosantes de noche y mis noches anegadas de mundos. Y me pides que recorra esos pasillos interrogantes, y que vuelva, y que traiga conmigo una certeza.
Ni más ni menos.

Imposible es encontrar presente ahí dentro, que en felicidad solo habita.

Así que recuerda que, tras las esquinas, en aquella encrucijada, o al final del pasillo,
me puedo encontrar al Minotauro.
Y a lo mejor me gusta.

domingo, 15 de febrero de 2015

Sueños humedos

Esto que te voy a contar puede que te resulte algo perturbador, por eso quiero dejarte claro cuál fue el sentimiento de todo ello: fue un sueño precioso, lleno de cariño e ingenuidad. Quizá por el tiempo del que manaba esa imaginación. Muchos muchos años atrás.

Yo quería acostarme contigo. Te quería aquella noche y así te lo dije (ventajas de los sueños). Con todas sus palabras. Tú te sonrojaste por la propuesta, indeciso al principio (aunque nunca has sido tímido) pero al final te decidiste a llevarme a casa.

Tu habitación estaba caótica y desordenada (como solía), pero extrañamente, en vez de libros y papeles, había taladros, martillos, maderas y clavos. Un verdadero taller, y el  aire lleno de polvo de serrín (creo que mi imaginación es jodidamente metafórica, que asco doy).

El caso es que nos tumbamos allí en la cama, y yo me empecé a desnudar, con prisas. Entonces tú me dijiste: "Espera, antes quiero leerte algo". Y cogiste un libro (estaba en unas estanterías altas, casi en el techo, y tuviste que estirarte para alcanzarlo.)

Te tumbaste en la cama y empezaste a leer un poema. Un poema erótico. Un poema que hablaba de piel caliente, y sudor y bocas infinitas. Yo te miraba atónita, leyendo con tus gafas puestas (tenías el pelo rubio y corto), casi riendo, con una expresión dulce en la cara (nada de lujuria, nada sucio o apremiante).

Estabas muy muy guapo. "Pero yo quiero follar contigo". Te decía. Y tú me mirabas, y sonreías. Abrazabas mis hombros desnudos suavemente. Y seguías leyendo. Tranquilamente. Como insistiendo para que comprendiera de una vez lo maravilloso que era aquello.


viernes, 6 de febrero de 2015

Conciencia

Lo último que recordaba era aquel paseo por el bosque  una mañana negruzca. Había salido poco después del amanecer en busca de algo de fruta para el desayuno. Se dirigía a un claro donde sabía encontraría aquellas moras que tanto le gustaban a Xiǎo , su hijo menor. El pequeño se había peleado la noche anterior con su hermano mayor Dào, y su madre les había mandado a la cama sin cenar. Aunque revoltosos, eran unos buenos chicos, y quería llevarles algo dulce para compensar la regañina.
Los pájaros chillaban nerviosos en las copas de los árboles, seguramente se trataba de la inminente tormenta que las nubes anunciaban en el cielo. Pero era algo más, un extraño olor en el aire que no lograba identificar. Empezaba a ponerse él mismo nervioso. Un pálpito de miedo ancestral que le hizo detener su marcha en  mitad del camino. De repente, sintió un dolor agudo en el muslo, como la picadura de una abeja, y el mareo, la oscuridad, las voces, y finalmente el silencio del sueño.

Después, solo esta habitación gris. ¿Cuánto tiempo llevaba aquí? Es difícil saberlo cuando estás encerrado, sin poder ver el sol o la luz siguiendo su ciclo. La única forma de calcular el paso de los días era el número de veces que, a través de una pequeña trampilla, le introducían siempre el mismo plato con algo de comida. Un brebaje marrón bastante más parecido al barro con el que sus hijos jugaban que a verdaderos alimentos. Comía algo no por ganas, sino por espíritu de supervivencia, por aferrarse a la esperanza de salir de ahí, de volver a verlos.
La habitación no era demasiado grande a pesar de estar completamente vacía, iluminada por una luz amarillenta que solo se apagaba de vez en cuando. Lo único que rebajaba ese sentimiento de claustrofobia era un enorme espejo que se extendía a lo largo y ancho de uno de los laterales. Ningún mensaje, ningún símbolo, ninguna explicación de por qué estaba allí o qué era lo que esperaban de él. Nada. Solo su reflejo devolviéndole aquella mirada de desconcierto, buscándole un sentido a lo absurdo de su condición.

Y de repente, un día, ocurrió algo raro. Estaba recostado es una esquina, medio dormido, agotado por el calor y la angustia, cuando sintió un fuerte picor en la mejilla izquierda. Como la picadura de un insecto. Dio un manotazo pero no le pareció haber acertado, así que levantó la cabeza dispuesto a buscar al culpable, y entonces reparó en su cara, reflejada en el espejo.
 Allí, en el punto exacto donde sentía la quemazón, había aparecido una mancha roja de unos dos centímetros que parecía desplazarse ligeramente, temblando. Rascó la manchita y esta desapareció, pero a los pocos segundos volvió a aparecer. Rascaba y se iba para aparecer al momento en otro lado de su cara, una y otra vez. ¿Qué era aquella locura? Toda la rabia y el estrés acumulado explotaron en un momento, y se lanzó sobre el maldito espejo, golpeándolo, chillando y rompiendo a llorar con impotencia.

El extraño suceso se repitió muchas más veces. Siempre era lo mismo. La manchita roja que saltaba sobre su cara y su cuerpo. Al cabo de un tiempo empezaron a aparecer manchas de otros colores: verdes, amarillas, azules. Ya ni siquiera le dolía, no le molestaba. Su vida se había reducido a una rutina sin sentido en aquella prisión: hacía ejercicio, se quitaba los restos de comida de la barba, se peinaba el pelo sucio lo mejor que podía, vigilaba aquellas manchitas…El espejo centró toda su atención, como si buscara en su reflejo la certeza de que aún estaba vivo, de que no se había diluido en ese torbellino de pensamientos solitarios que era su cabeza. No quería pensar en su mujer, no quería pensar en sus hijos, no podía…
Aquel espejo era lo único que le impedía caer en el dulce sueño de la locura, y de la muerte. Se miró de nuevo. Le pareció haber envejecido 100 años, quizá hubiera envejecido 100 años. Sus ojos profundos recorrieron aquella imagen que le devolvía una cara triste y un cuerpo sucio y cansado. Pensó:

“Yo, que fui el hijo más fuerte de mi madre. Que nunca tuve miedo, ni dudé en los pasos de mi vida.  Que siempre me porté bien con los míos, con los dioses, con la naturaleza…Yo… ¡Descendiente de los hijos del mismísimo Sun Wukong! Ahora estoy condenado a morir aquí, sólo, entre mis propios excrementos, sin saber siquiera la razón de este castigo. 
Es injusto. Es cruel. ¿Por qué?.”

Epílogo