domingo, 9 de agosto de 2015

Tú no viste nada en Nagasaki



Es algo misteriosa la memoria de los lugares, lo que de ellos ha quedado en nosotros (lo que es, tal vez, una forma particular de decir "lo que de nosotros ha quedado en ellos") cuando irremediablemente se han transformado - y, con ellos, todo aquello que fuimos una vez- en pasado y distancia. ¿Por qué mi recuerdo de Nagasaki es una flor (una rosa, probablemente, pero ya no estoy seguro) insultantemente roja?

El rosal (creo que es un rosal) surge penosamente a través de la verja de un jardín y, de repente, la rosa se abre sobre la tarde. Lo demás no está claro: unos escalones cubiertos de hierba, un sendero de tierra batida, algunos árboles pequeños. Si me esfuerzo un poco en recordar, quizá también -pero ¿qué se yo?- una mujer que pasa.

No me guardé nada más, ni el día ni las circunstancias. Nagasaki, para mí, tantos años después, es aquella rosa. Debe haber, ciertamente, alguna razón; una razón que, sin embargo, nunca conoceré. "La rosa existe sin por qué", lo sé; "florece porque florece", lo sé. Pero, ¿no es también  verdad que ella, la rosa mística, la "rosa de nadie", florece sobre el abismo?

Tal vez, dentro de la memoria de Nagasaki, otra memoria, más honda, se recuerde para siempre, y no sea hoy posible caminar por las calles de Nagasaki sin  el sobresalto del abismo de esa memoria. Y tal vez sea tan honda y tan imperiosa que no pueda confinarse dentro de un museo de destrozos (un reloj de pared parado, la sombra de un cuerpo desmaterializado sobre una pared, la letra insegura de un niño en un cuaderno escolar deshecho) o dentro del recuerdo, vago ya, del horror.

La bomba que hace cincuenta años destruyó Nagasaki, estaba destinada a Kokura. Pero Kokura, estaba cubierta de nubes, y los bombarderos, de vuelta a la base, tuvieron que sobrevolar Nagasaki. Algún dios había también ocultado aquel día la ciudad bajo un cielo espeso. Pero, ya al límite de la autonomía de los aviones, un rayo de sol apareció de pronto entre las nubes, y el piloto, por un momento, atisbó abajo el gran complejo industrial de Mitsubishi. Soltó el infame fardo, y la tierra entera se rompió y se abrió como un corazón herido de muerte.

Hoy Nagasaki ha resucitado de las cenizas de hace cincuenta años. Los niños corren de nuevo por las calles, descuidados y ruidosos como los niños de cualquier ciudad del mundo. Lentamente, se levantaron las casas de tejados de colores, los edificios indiferentes de oficinas, las paredes de alquitrán de las fábricas; los comerciantes volvieron a abrir las puestas de sus tiendas; las terrazas se llenaron de gente y sombrillas; florecieron los melocotoneros y los cerezos. Y los jardines, los famosos jardines de Nagasaki, irrumpieron por todos lados y se llenaron nuevamente de monjes y de familias domingueras. 

¿Y la memoria? Preguntadle a Ryusei si lo ha olvidado, y os hablará del acorazado "Mar de pájaros" hundido, de sus ocho cañones de calibre 200 y de los cañones antiaéreos del 30, cubiertos de algas. Preguntadle a Yasuo y os dirá que "ciertos deseos humanos, como el hambre o la curiosidad, han desaparecido de aquí". Y Koichi os contará como se le incrustó el uranio en los dientes, y el plutonio en las fosas nasales, y el helio en los ojos, y cómo los vivos parecían saltamontes, "huyendo dando saltos por los campos devastados". 

Hoy, una parte de Nagasaki recuerda (¿y cómo no podría recordarse?), la otra olvida. Y las dos, como mitades de la misma alma, se buscan ávidamente, intentando reencontrar una frágil forma original. Tal vez la rosa de mi memoria sea esa forma.

MANUEL ANTÓNIO PINA, Cuadernos de Baluerna.

No hay comentarios:

Publicar un comentario